“ACUDIR DE PRISA AL PADRE”

«Tráeme todo lo que te agobia. ¡Yo soy tu Padre!» (Palabra interior).

En la frase de hoy se expresa con otras palabras la invitación que Jesús nos dirige en el Evangelio: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).

Debe referirse especialmente al estado interior de nuestra alma. No pocas veces atravesamos estados de ánimo sombríos, acompañados de pensamientos que intentan empañar nuestra alma. No se trata de una culpa concreta que deba ser perdonada; para lo cual los católicos contaríamos con el maravilloso sacramento de la confesión. Tampoco nos referimos a depresiones patológicas que requieran un tratamiento específico.

Se trata más bien de sentimientos melancólicos, tal vez también de un descontento generalizado o de ciertas decepciones que aún no hemos superado. A menudo, ni siquiera podemos identificar con precisión la causa de esos sentimientos de tristeza. Sin embargo, no podemos pasarlos por alto como si no existieran, pues crean un ambiente sombrío, no solo para nosotros mismos, sino también para las personas que nos rodean.

Es aquí donde recibimos la invitación de nuestro Padre para acudir a Él y presentarle todo lo que nos agobia. Eso significa entablar un diálogo con Dios. Muy pronto notaremos un cambio. Pero para ello es necesario que realmente queramos deshacernos de la melancolía. Tal vez ya nos hemos acostumbrado a ella. Nuestro Padre nos hará notar que podemos superarla cuando nos encontremos con su amor.

Esa es la clave, pues Dios nos hará comprender que, al ser amados por Él, siempre tenemos un motivo de alegría. Si nuestra alma acoge el amor de Dios y, de este modo, entra en ella la luz de la alegría, la melancolía tendrá que disiparse.