“COBIJADOS EN EL AMOR DEL ETERNO”

«Yo soy el Eterno y tengo el tiempo en mis manos» (Palabra interior).

Esta certeza quiere infundirnos paz y serenidad. Resulta particularmente importante aferrarse a ella en estos tiempos turbulentos, en los que el mundo y la Iglesia navegan a la deriva como un gran barco en el vasto océano. El timón parece estar atascado. Además, no se pueden pasar por alto las grietas por las que se cuela el agua en el barco. Por ninguna parte se vislumbra un capitán humano que sepa cómo hacer frente a esta situación de emergencia.

Por tanto, en la actualidad cobran aún más importancia las palabras del salmo: «No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar» (Sal 145,3).

Este tipo de crisis graves, siempre y cuando se identifiquen como tales, constituyen una invitación a confiar aún más en nuestro Padre. Solo Él es capaz de penetrar en el caos humano e incluso de insertarlo en sus sabios designios. No está en nuestro poder cambiarlo, ya que este caos surge precisamente porque tantas personas no observan los mandamientos de Dios. En consecuencia, surge un desorden constante que se extiende como un tumor cancerígeno. Pero, ¿cómo puede producirse un cambio si ni siquiera se identifica y se señala la raíz del problema?

Sin duda, la frase de hoy no debe entenderse como si fuera a inducirnos a una actitud pasiva. Antes bien, quiere llegar directamente a nuestro corazón y a nuestro entendimiento, proporcionándonos serenidad y pidiéndonos que confiemos en nuestro Padre en medio de un mundo que se ha descarrilado. El desánimo no podrá sostenernos, sino la certeza de estar cobijados en el Eterno, que tiene en sus manos también este período de la historia y lo guía.  Esta certeza nos fortalecerá y, gracias a ella, sabremos qué debemos hacer para transmitir a tantas personas que van a la deriva dónde pueden encontrar verdadera ayuda y salvación: en el amor del Eterno.