“¡DIOS TE BUSCA!”  

«Dios te busca porque desde siempre ha querido traer de vuelta a la oveja descarriada» (Santa Hildegarda de Bingen).

Podemos comprender cada vez más profundamente esta motivación de amor de nuestro Padre Celestial, y nunca la agotaremos.

El Padre nos busca, tal y como nos muestra de forma tan vívida la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Todo el Evangelio da testimonio de ello con la venida de Jesús al mundo, enviado por el Padre para congregar a las ovejas perdidas de Israel (Mt 15,24). Aunque esta intención de Dios se manifestó con toda evidencia en la Encarnación del Hijo de Dios, en realidad fue ese su plan desde el principio. Ya en el relato del Paraíso, cuando el hombre, a causa de la desobediencia, echó a perder la comunión tan íntima con Dios, este sale en su busca: «Adán, ¿dónde estás?» (cf. Gen 3,9).

Tal y como expresó Santa Hildegarda de Bingen con tanta belleza, Dios nos ha buscado siempre porque sabía que el hombre se alejaría de Él. Por ello, es correcto afirmar que una parte esencial de la relación de Dios con nosotros consiste precisamente en buscarnos. Aunque en un primer momento se trate de salvar a la «oveja perdida», la cuestión no se queda ahí, pues una vez rescatada, nuestro Padre buscará que la oveja encontrada o el hijo hallado alcancen la plena comunión con Él.

El hombre debe ser purificado y sanado de la suciedad de su extravío y despertar a su dignidad como hijo de Dios.

A aquellos a quienes nuestro Padre ha encontrado, les invita ahora a buscar junto a Él a las ovejas perdidas. Dios quiere habitar en sus corazones y encontrar en ellos su reposo, y se dirige a quienes se han dejado encontrar por Él: «Buscad almas que se dediquen desinteresadamente a mi honor y gloria, y que puedan concederme ese lugar de reposo».