«Ni las circunstancias físicas ni las del espacio pueden limitar la libertad de un alma que ama» (San Bernardo de Claraval).
¿Cómo es posible?
El alma que ama es capaz de valerse de todas las circunstancias en su camino con Dios. Habla con el Señor sobre lo que le sucede y le pide la gracia de poder aceptar las contrariedades que, en un primer momento, parecen privarla de su libertad o, al menos, limitarla. Como respuesta, nuestro amoroso Padre le da la seguridad de que Él lo tiene todo en sus manos. Precisamente en esta certeza radica la libertad del alma, pues al elevar su mirada hacia el Padre deja de centrarse en las circunstancias difíciles. Así aprende a sobrellevarlas, a entregarse a la voluntad de Dios y a recibir consuelo interior del Padre.
Se trata de un proceso asombroso que nos muestra la libertad del alma, capaz de elevarse por encima de las circunstancias adversas con la ayuda de la gracia de Dios. A veces podemos experimentarlo cuando nos encontramos con personas que han aprendido a sobrellevar sus enfermedades y limitaciones en el espíritu del Señor y que irradian una paz que, a juzgar por las circunstancias externas, nadie habría esperado.
La clave para hacer realidad las palabras de san Bernardo es el amor. El alma que ama se ha abandonado a las manos de Dios y ha aprendido a vivir con y en Aquel que dijo: «Si el Hijo os da la libertad, seréis verdaderamente libres» (Jn 8,36). Se ha encontrado con el Señor de muchas maneras y está familiarizada con Él. Ha aprendido a confiar en nuestro Padre, y todas las situaciones en las que ha experimentado palpablemente su amor permanecen vivas en su memoria. En realidad, es el Espíritu Santo quien se las recuerda. Aprende a concretar en cada situación su confianza y su amor, que, a su vez, dan lugar a la libertad interior. Así, crece cada vez más en el amor.
