«Tu corazón debe estar arraigado en mí, lavado y purificado por la Sangre del Cordero y lleno del Espíritu Santo. Entonces, bajo la protección de María, estará a salvo» (Palabra interior).
Esta palabra interior hace referencia a los intentos de engaño del Anticristo, que incluso tratará de ganarse los corazones de los hombres. Nuestro Padre nos muestra el camino para resistir a la masiva seducción que sobrevendrá a la humanidad o, mejor dicho, para afrontarla bajo su protección.
Es cierto que el espíritu del Anticristo siempre ha estado presente en el mundo. Sin embargo, se nos advierte de que, al Final de los Tiempos, se manifestará en una persona concreta que, mediante el engaño y la fascinación, pretenderá usurpar el lugar de Dios en la vida de los hombres.
Anclar nuestro corazón en Dios significa mantenerlo siempre enfocado en Él, permitir que habite en lo más profundo de nuestro ser, adherirnos cada vez más íntimamente a Él y vivir así en una relación de gran confianza con nuestro Padre.
Lavar y purificar nuestro corazón en la sangre del Cordero significa llevar una y otra vez a la cruz de Nuestro Señor todo lo oscuro que hay en nosotros, todo lo que aún se opone a la voluntad de Dios, para que nuestro corazón se libere.
Al colocar nuestro corazón bajo la guía del Espíritu Santo, aprendemos a distinguir con precisión lo que procede de Dios de lo que surge de las tinieblas o de nuestros deseos y apetencias humanas.
Finalmente, nos ponemos bajo el manto de María, que nos ofrece su atenta protección maternal y vela sobre aquellos que siguen a su Hijo, para que siempre mantengan su corazón cerca de Dios y no se alejen de Él.
