Tras haber dedicado dos meditaciones previas a reflexionar sobre el consejo evangélico de la castidad, me gustaría abordar hoy algunos aspectos generales de la obediencia espiritual, tan importante para todos en la imitación de Cristo. Espero que esta reflexión ayude a apreciar un poco más la obediencia espiritual.
La palabra latina oboedire, de la que se deriva «obedecer», incluye el verbo audire, que significa «escuchar». Por tanto, la obediencia se relaciona con una escucha atenta, es decir, con oír correctamente, prestando toda nuestra atención a quien nos habla.
Cuando Dios comunicó sus mandamientos al Pueblo de Israel por medio de Moisés, empezó diciendo: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor» (Dt 6,4).
Y a través del profeta Isaías nos exhorta: «Inclinad el oído y acudid a mí, oíd y vuestra vida prosperará» (Is 55,3).
El ser humano no posee en sí mismo la sabiduría más profunda. Al contrario, sin la ayuda de Dios ni siquiera sería capaz de alcanzar la meta de su vida. Necesita la guía y la orientación de Dios, necesita al Espíritu Santo para reconocer a Dios tal y como es en verdad. Todas estas pautas indispensables las recibe principalmente al escuchar a Dios en las múltiples formas en que Él le habla.
Una escucha correcta no consiste en oír superficialmente y extraer solo aquello que agrada a nuestros oídos, pasando por alto todo lo demás. Precisamente de esta actitud se lamenta Dios una y otra vez en la Sagrada Escritura: la sordera de su pueblo. En este caso, la voluntad del oyente no se orienta hacia lo correcto ni hacia la verdad. No quiere escuchar, no inclina su oído hacia la sabiduría y, por tanto, no llega a la comprensión.
De hecho, esto llega a tal punto que san Pablo se ve obligado a advertir: «Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Tim 4, 3-4).
Cuán distinto suenan las sabias palabras con las que San Benito inicia su Regla:
«Escucha, hijo, los preceptos del Maestro e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso y cúmplelo verdaderamente». Así, por el trabajo de la obediencia, volverás a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia».
¿Por qué parece tan arduo el camino de la obediencia y, muchas veces, incluso es rechazado?
A menudo, esta aversión se basa en una concepción errónea y, más concretamente, en una falsa imagen de Dios. Se considera la obediencia como una restricción de la libertad personal. Esta visión errónea de la libertad parece darnos el derecho a sustraernos de la amorosa voluntad de Dios. Más aún, la voluntad de Dios puede llegar a parecernos una amenaza que hay que eludir. Esta concepción errónea va acompañada de esa imagen distorsionada de Dios que ya nos fue transmitida en la tentación del Paraíso.
Sin embargo, cuando descubrimos a Dios tal y como es en verdad, es decir, como nuestro amoroso Padre, entonces se abren las puertas para querer conocer realmente su voluntad y ponerla en práctica. Desaparece el miedo y una falsa reverencia que no corresponden a la relación de amor a la que nuestro Padre nos invita: vivir como hijos suyos, confiando plenamente en Él.
Así, también cambia la concepción de la obediencia. Sin descuidar la simple obligación de obedecer incondicionalmente los preceptos de Dios, la obediencia adquiere «alas espirituales». Imaginemos a los santos ángeles, que obedecen gustosamente cada una de sus órdenes.
La obediencia se convierte en una búsqueda constante de vivir en completa armonía con nuestro Padre, haciendo nuestras sus intenciones para con nosotros y el mundo entero. Es un sincero intento de estar en completa conformidad con la verdad y el amor. Así, la obediencia se convierte en un asunto del corazón y la voluntad de Dios se vuelve el alimento del que habla Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4,34).
Lejos de restringir la libertad personal, la obediencia provoca exactamente lo contrario. De hecho, el cumplimiento alegre de la voluntad de Dios garantiza la libertad del ser humano. Rompe las cadenas del amor desordenado hacia uno mismo y hacia la propia voluntad, del apego al mundo y a las personas.
La obediencia confiere agilidad al camino de seguimiento de Cristo y permite que el Espíritu Santo realice más y mejor su obra en la persona. Cuando la obediencia no se limita a cumplir la voluntad «general» de Dios, plasmada en los mandamientos y en las normas de la Iglesia, sino que busca reconocerla cada vez con mayor precisión en cada situación concreta de la vida, entonces conduce a una creciente vigilancia espiritual.
En la medida en que la obediencia crece y madura, nos resultará más fácil reconocer y cumplir la voluntad de Dios. Por tanto, se convertirá en un camino regio para seguir a Cristo.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/resistir-a-las-dudas-2/

