¡Cuán ricas son las historias de los santos, que nos hacen conocer a personas que vivieron su fe hasta las últimas consecuencias y siguieron con total convicción a Nuestro Señor! Sin duda, muchas de ellas nos muestran una radicalidad que podría asustarnos. Como decía san Francisco de Sales, algunos santos son más para admirar que para imitar. Sin embargo, hay algo que siempre debemos tener presente y de lo que cada uno de ellos daría fe: fue la gracia de nuestro Padre celestial la que los hizo capaces de realizar cosas extraordinarias. Ya se trate de los incansables misioneros que no escatimaron esfuerzos para anunciar el Evangelio hasta los confines de la Tierra, o de aquellos santos que practicaron las obras de misericordia hasta la total abnegación de sí mismos, o de aquellos monjes que vivieron la vida monástica con gran disciplina y ascetismo y contribuyeron a la edificación de la Iglesia.
Pero tampoco podemos olvidar a tantos otros que, de forma más discreta pero no menos fructífera, sirvieron a Dios en el heroico cumplimiento de sus deberes de estado. Siempre fue la santa presencia del Señor la que los modeló y santificó. En este sentido, la vida de cada santo es también un mensaje de Cristo dirigido a nosotros, que nos exhorta a recorrer el camino que Dios ha trazado para nosotros y nos anima a responder al llamado universal a la santidad.
Hoy nos encontramos con san Teodoro de Heraclea, uno de los mártires de la Iglesia primitiva. Se le conoce como el «matador de dragones», un título de honor que recibió a raíz de la siguiente historia relatada en la leyenda de los santos:
«Muchas hazañas gloriosas se narran de san Teodoro. Se dice que mató un enorme dragón en Eujaita. Esta bestia aterrorizaba toda la región, devoraba el ganado e incluso amenazaba a las personas. Entonces, el pueblo clamó a Teodoro en busca de ayuda. Pero el santo clamó a Dios pidiendo su auxilio. Sucedió que, mientras oraba extensa y fervientemente, el sueño lo venció. Entonces, el ángel de Dios se le apareció en sueños y le exhortó a atacar al dragón en nombre del Señor y a matarlo. El santo se levantó de inmediato y montó en su caballo, llevando una cruz dorada en la mano. Ante la cueva del dragón, volvió a orar fervientemente a Dios y, luego, se levantó y gritó con voz potente: “¡Sal, dragón feroz! Te conjuro por el nombre del Rey eterno, mi Señor Jesucristo”. Un rugido resonó en la cueva y el monstruo se arrastró hacia afuera, dispuesto a lanzar un poderoso ataque contra el caballero. Pero Teodoro, sin titubear, corrió como una flecha y atravesó el pecho del dragón con su lanza. Tras esta hazaña, alabó al Altísimo, dio gracias por la ayuda celestial y regresó contento a casa.»
Incluso si se considerara esta historia como una mera fábula, no se puede pasar por alto la valentía que este comandante de una guarnición romana y soldado de Cristo mostró en sus numerosas hazañas. Al principio, era cristiano en secreto. Gobernaba con mucha prudencia y protegía a los cristianos que sufrían una extrema persecución. Al mismo tiempo, conquistó a muchas personas para la santa fe, debilitando así el «poder del dragón», que mantenía al pueblo pagano encadenado en la ignorancia. En el año 306, se promulgó el último edicto del emperador romano contra los cristianos, que solo les dejaba la opción de sacrificar a los dioses o morir.
El emperador Licinio, que había oído hablar de las hazañas de su soldado Teodoro, pero también sabía que era cristiano, intentó obligarlo a sacrificar a los dioses romanos. Sin embargo, el santo se enfrentó intrépidamente a sus jueces y declaró ante toda la legión: «Yo era soldado de Cristo antes incluso de ser soldado del emperador. Adoro al único Dios verdadero y a su Hijo unigénito. Vuestros dioses no son más que demonios malvados. Esta es mi fe, por la que estoy dispuesto a sufrir todo».
Por ser aún joven y por sus intrépidas palabras, que causaron gran impacto, le dieron un plazo a Teodoro para que reconsiderara su decisión. Además, le prometieron que obtendría un alto cargo militar y sería elevado como sacerdote de la diosa Cibeles si sacrificaba a los ídolos.
Pero el santo no se dejó seducir ni por los halagos ni por las promesas. Al contrario, destruyó las imágenes de los ídolos y repartió entre los pobres el oro y la plata con los que estaban hechos. Cuando lo confrontaron por haber quemado la imagen de la diosa Cibeles, Teodoro respondió: «He prendido fuego a un trozo de madera para poner a prueba el poder de vuestra diosa, de la que me ofrecieron convertirme en sacerdote. Pero mirad, ¡su divinidad no ha superado la prueba de fuego!».
El emperador y los jueces se enfurecieron aún más y le sometieron a todo tipo de torturas. Sin embargo, ninguna de ellas pudo quebrantarlo; al contrario, soportó todos los dolores y crueldades con la fuerza del Señor, sin vacilar jamás. La leyenda incluso cuenta que, cuando lo crucificaron, un ángel descendió con claridad celestial, lo liberó de sus ataduras y lo colocó suavemente en el suelo diciendo: «¡Consuelo y alegría contigo, oh Teodoro! Jesucristo me ha enviado a ti. Él está y permanecerá contigo. Él, que es veraz, lo ha prometido. Como señal de ello, restaurará por completo tu salud». Entonces, el ángel desapareció y, al instante, el santo se sintió fuerte y animado.
Los dos representantes del emperador enviados para bajarlo de la cruz, lo encontraron en la plaza del mercado predicando con fervor. Entonces, ellos mismos, así como muchas otras personas, pidieron ser bautizados. Cuando el emperador se enteró, envió a hombres armados para matar a Teodoro y a los neoconversos. Sin embargo, una parte de los soldados se convirtió y los demás regresaron sin haber cumplido la orden. Así, Teodoro siguió predicando y muchas personas abrazaron la fe cristiana.
Finalmente, el emperador envió a uno de sus esbirros, que decapitó a Teodoro. El santo murió como un verdadero luchador por el Reino de Dios y ofreció resistencia al furioso dominio del «dragón» hasta completar su lucha con el martirio.
¡Que Dios nos dé la fuerza para resistir al «dragón», que aún hoy intenta devorar a los fieles, y para que, como Teodoro, prefiramos morir por el testimonio de Cristo antes que renegar de nuestra fe!
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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/ovejas-sin-pastor/

