San Francisco había enviado a seis de sus frailes a predicar el Evangelio en tierras de sarracenos. Él mismo había intentado convertir al sultán de Egipto, pero no lo consiguió.
El superior de los seis misioneros enfermó, por lo que los cinco restantes partieron hacia España. Se llamaban Berardo, Otón, Pedro, Acursio y Adyuto. Su misión era anunciar el mensaje de Cristo a los musulmanes que vivían en España. Su primer destino fue Sevilla, que por entonces estaba bajo dominio musulmán, al igual que todo el sur de la península ibérica.
Siguiendo el ejemplo de su santo fundador, se dirigieron primero al califa. Le anunciaron el Evangelio e intentaron convencerle de que el mensaje de Mahoma era erróneo y engañoso. Sin embargo, no encontraron oídos dispuestos a escuchar, y el califa, enfurecido, quiso decapitarles. Gracias a la intervención de su hijo, no se ejecutó esta orden, sino que los encerraron en una torre alta. Pero eso no les impidió seguir anunciando el Evangelio desde allí hasta que el califa les prohibió permanecer en el país y los llevó a Marruecos.
Allí reinaba el califa Miramamolín.
Con gran fervor, los frailes predicaron el Evangelio en Marruecos, y el califa Miramamolín escuchó al sacerdote Berardo mientras predicaba. Sin embargo, tampoco él quiso aceptar el mensaje del Evangelio y expulsó a los frailes franciscanos de la ciudad y de todo el reino. Los amigos de los franciscanos querían ponerlos a salvo y llevarlos a una región cristiana. Sin embargo, los hermanos estaban tan decididos a cumplir su misión, aunque fuera a costa de sus vidas, que escaparon de sus amigos y regresaron a Marruecos. Nuevamente predicaron la fe en Jesucristo y una vez más fueron encarcelados, esta vez privados incluso de agua y alimento.
Sin embargo, poco después de su captura se desató una violenta tormenta que fue interpretada como un castigo divino por el cruel trato infligido a los frailes. Así, fueron liberados de la prisión. Al ver que habían sobrevivido ilesos, el califa se sorprendió sobremanera. Una vez más, algunos cristianos quisieron poner a salvo a los frailes, pero estos nuevamente se escaparon y volvieron a la ciudad para seguir predicando. El califa se encontró por segunda vez con fray Berardo mientras predicaba y se enfureció tanto que ordenó matarlo de inmediato. Sin embargo, el príncipe al que se ordenó cumplir esta orden, llamado Albozaido, había sido testigo poco antes de un milagro obrado por fray Berardo. Por tanto, no ejecutó la pena de muerte de inmediato, sino que solo encarceló a los intrépidos confesores de Cristo. Esta vez fueron tratados bastante bien.
Nada ni nadie podía impedir que los frailes anunciaran el Evangelio, ni siquiera la prisión. Esto enfureció enormemente a Albozaido, que ordenó torturarlos casi hasta matarlos. Pero, tras estos tormentos, los guardias vieron descender sobre los frailes una maravillosa luz. El califa se enteró de lo sucedido y mandó llamarlos. En esta ocasión, intentó persuadirlos mostrándoles mujeres hermosas y prometiéndoles que se las daría en matrimonio y que los convertiría en hombres ricos y muy reconocidos.
Pero los hermanos no se dejaron seducir y le respondieron: «No queremos ni a tus mujeres ni tu dinero, pues todo eso lo despreciamos por causa de Cristo». Con esta respuesta, su sentencia de muerte estaba sellada. El rey decapitó a los cinco hermanos con sus propias manos y sus cadáveres fueron arrastrados por las calles entre insultos y burlas para, luego, ser abandonados en las afueras de la ciudad.
Cuando los cristianos quisieron recogerlos con reverencia, los sarracenos se lo impidieron y arrojaron al fuego los cuerpos de los santos. Sin embargo, por intervención divina, estos permanecieron intactos. Finalmente, los cristianos lograron hacerse con las reliquias y las colocaron en dos preciosos relicarios. Posteriormente, los trasladaron a Coimbra (Portugal), donde el joven canónigo Fernando Bulhões quedó tan impresionado al verlos que decidió hacerse hijo de San Francisco. Este llegaría a ser el gran santo que conocemos como san Antonio de Padua.
Ante el celo de los primeros mártires franciscanos, cabe preguntarse: ¿qué sucede hoy con el anuncio del Evangelio?, ¿lo consideramos aún tan importante como para dar la vida por él?, ¿estamos conscientes de que Jesús nos envió hasta los confines de la tierra para « hacer discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19)? ¿O nos hemos alineado con la tendencia de la jerarquía actual, que pretende situar a todas las religiones en el mismo nivel y renunciar así a la misión en su sentido originario?
¡Que Dios nos preserve de abandonar el mandato misionero que Él mismo nos encomendó y de dejarnos llevar por ideas erróneas!

