«Mi existencia permanece oculta para mí hasta que Tú, oh Dios, me miras, y mi oscuridad se vuelve tan clara como el mediodía» (San Agustín).
Solo a través de la mirada de nuestro Padre sobre nosotros comprendemos nuestra verdadera vocación como seres humanos. Es tal y como describe San Agustín. Mientras aún no percibimos esa mirada, a menudo seguimos buscando nuestra propia identidad por diversos caminos y construimos una imagen de nosotros mismos, en lugar de que ésta se despliegue de forma orgánica según el plan de Dios para con nosotros.
¿Quiénes somos? ¿Qué somos? ¿De dónde venimos y adónde vamos?
La amorosa mirada de nuestro Padre nos despierta a la verdadera vida. Debemos dejar que esa mirada se pose sobre nosotros y permitir que el “SÍ” de nuestro Padre sobre nuestra existencia penetre suavemente en nuestro interior, entregarle a Dios el miedo y la inseguridad ante la vida y sumergirnos confiadamente en su amorosa mirada. Así podremos comprender cada vez mejor las palabras que el Padre quiere susurrar a nuestro corazón mediante el Mensaje a la Madre Eugenia.
¿Quiénes somos? Personas a las que el Padre y Creador ha llamado a la existencia por amor.
¿Qué somos? Hijos amados de un Padre divino que quiere hacernos partícipes de su gloria.
¿De dónde venimos? De Aquél que ya nos había pensado desde antes que llegáramos a este mundo.
¿Hacia dónde vamos? Hacia Aquél que, trascurrido el tiempo de nuestra vida terrenal, nos acogerá para siempre en el Reino eterno de su amor, para que podamos contemplarlo en comunión con todos los que le aman.
Así, nuestro divino Padre atraviesa toda oscuridad y nuestra noche se esclarece, iluminada por la luz de Dios. Se vuelve clara como el mediodía, refulgente como el sol, hermosa como la Madre del Señor. ¡La verdadera vida ha despuntado y nos convertimos en lo que realmente somos!
